domingo, 5 de julio de 2015

Domingo, 5 julio de 2015. Jordán arriba hasta Jordania

Peregrinos asturianos en Gerasa

Abandonamos Galilea, escenario de la vida discreta y casi oculta de Jesús niño, Jesús joven, junto a María y a José, pero escenario sobre todo del Jesús adulto que ahí comienza su vida pública llamando a los discípulos y mostrando con obras y palabras la gloria del Padre Dios y la dignidad del hombre y la mujer en medio de sus búsquedas, sus contradicciones y la bondad que anida en el corazón humano.
            Fuimos bordeando el Lago o Mar de Tiberíades hasta llegar al río Jordán para alcanzar una de las fronteras entre Israel y Jordania y pasar al vecino país. Esas divisiones políticas de nuestros días no tenían entonces el trazado actual. Jesús también actuó en esa parte, más aún, allí comenzó con su propio bautismo de manos de Juan su primo llamado el Bautista, y allí se arrancaron los dos primeros que fueron tras él preguntándole un entrañable: “Maestro, ¿dónde vives?” (Jn 1, 35).


            El calor en estas primeras horas del día ya nos anunciaba lo que luego fue un verdadero sopor por las altas temperaturas que tuvimos que soportar en las horas más álgidas del día. Fuimos subiendo un importante desnivel de más de 1500 mts. desde el punto de partida hasta la primera parada que teníamos que hacer con visita a su lugar. Un autobús destartalado (que luego tuvimos que cambiar por otro de la misma familia destartalada) nos fue llevando despacio por aquellas pendientes enormes con carreteras mal asfaltadas y estrechas, que el guía lugareño nos decía que era para atajar la subida.
            Pasamos por delante de Pella, donde se asentó la primera comunidad cristiana que hubo de salir huyendo de la persecución judía en Jerusalén, y allí a la otra orilla del Jordán situaron su primer emplazamiento. No queda apenas nada de aquel momento, ni siquiera quedan las ruinas, y tan sólo tenemos noticia por los documentos históricos que de ello han hablado. Seguimos subiendo y llegamos a la primera cita, en la ciudad de Gerasa. Nos esperaba todo un mundo antiguo precristiano y cristiano dentro de las excavaciones impresionantes que han sacado a la luz toda una ciudad enterrada que estaba en parte ya derruida por algún terremoto de la época. En cualquier caso es sorprendente cómo en ese cruce de caminos de las grandes rutas de las caravanas comerciales, se levantó esa inmensa ciudad de la que hoy sigue admirando las dimensiones del hipódromo, del teatro (bastante bien conservados ambos) y del templo de la diosa Artemisa.
            Calles enlosadas y embellecidas con fuentes, plazuelas para el descanso y la tertulia del ágora, centros comerciales de intercambio, templos y capillas a dioses variopintos, e iglesias cristianas de aquel primer período hasta bien entrada la época bizantina. En medio de las ruinas de piedras, destacaban lo que quedaba de los mosaicos del suelo de las iglesias cristianas. Para mí fue como meternos en la máquina del tiempo, y viajar a otra época y lugar tratando de escuchar sus voces y hablares, lo que discutían, lo que intercambiaban, cuanto soñaban o temían, aquello más noble y aquello mezquino, lo que creían y esperaban… Todo un mundo antiguo que con sus formas y maneras no es tan distinto al nuestro, y podemos decir sin miedo a equivocarnos que tenemos aquellos y nosotros las mismas preguntas esenciales en nuestro corazón.
            Pasan los años y los siglos, cambian la ropería y la parafernalia, la técnica que nos moderniza y facilita tantas cosas, pero también la pérdida de valores que nos hacen auténticos en nuestra más íntima humanidad personal y social. Pero las preguntas… son las mismas, cómo idéntico es el deseo de ser felices de veras y de no renunciar a esa belleza, bondad y verdad para las que nacimos.
            El paso del tiempo, las inclemencias de la naturaleza, las violencias e intereses bélicos, hizo que aquel rincón antiguo que un día mostró su belleza de armonía en la construcción de una ciudad y en el juego de las relaciones humanas, se mostró caduco y no aguantó lo que quizás se soñó que fuera para siempre y eterno en todos los sentidos, pero que la contemplación de sus ruinas asevera severamente cómo tanta gloria resultó ser tan efímera lamentablemente.
            De allí nos fuimos hasta la otra gran cita en este día tremendamente viajero: llegar hasta el Monte Nebo. Alguna relación tiene este lugar con la reflexión que antes hacía sobre el ocaso de una ciudad, porque en el Monte Nebo aconteció el ocaso de Moisés. Aquí entonó su canto de cisne con una trastienda totalmente conmovedora en aquel anciano que Dios había elegido desde apenas nació para que condujera a la tierra de la libertad a su Pueblo sometido por la esclavitud de Egipto.
Mons. Jesús Sanz, en el Monte Nebo

            Toda una historia providencial en la que Dios se volcó con Moisés salvándole de las aguas, permitiendo que fuera educado en la refinada cultura egipcia, que tuviera mando y ascendencia en la corte del Faraón, y que fue elegido por el mismo Altísimo para conducir a ese Pueblo también elegido por Él, para que saliera de una opresión y gustara la libertad de una tierra que manaba leche y miel. Sin embargo el camino de la liberación resultó ser bien arduo, largo y cansino. Son los proverbiales cuarenta años de éxodo a través de un implacable desierto en el que se dio absolutamente de todo: desde la alianza de Dios con ellos dándoles un código moral para entender la vida en el respeto del Señor con los célebres Diez Mandamientos, hasta la protesta y la blasfemia que se escenificó en la adoración del becerro de oro como falso dios.
            La promesa del principio, esa que alentó la marcha peregrina de aquel pueblo, era que volverían a la tierra que se les prometió, que podrían gozar de aquel vergel perdido por los devaneos infieles de tantas generaciones de hebreos. Y tras cuatro décadas de andar perdidos, derrotados, asaltados, tentados y hundidos, finalmente en lontananza se dibuja en filigrana esa tierra de la que con tanta fatiga se supieron siempre peregrinos. Pero es aquí donde viene el sobresalto. Porque el Monte Nebo no es el lugar aduadanero por el que aquel pueblo con su caudillo entran cantando himnos de victoria y de consuelo para poner el pie en la promesa cumplida. Más bien el Monte Nebo es el lugar en el que Dios mostrará a Moisés la tierra, dejará que se asomen sus ojos ancianos, pero a continuación le dirá: tus pies no la pisarán jamás.
Eucaristía en el Monte Nebo

            Es duro, al menos en apariencia, semejante desenlace que más bien parece una desproporcionada reprimenda por parte de Dios hacia quien Él había escogido para que en su nombre acompañara a su pueblo. Como dicen los tres últimos capítulos del libro del Deuteronomio (32-34), en los que dramáticamente se describe la muerte de Moisés, este anciano servidor de Dios murió por obediencia, murió en soledad, y murió en el dolor de pensar que su vida más íntima y personal había sido baldía. Toda una lección de lo que supone vivir en las manos de la divina providencia o ser tú mismo la medida de tu destino. Aparentemente, Moisés fue un fracasado final. Pero eso sólo es una apariencia. Hay que ir a ese otro monte en el que estuvimos en el día de ayer, el Monte Tabor, para ver a Moisés junto a Jesús y a Elías. La tierra que él pisó y la compañía de la que eternamente goza, es esa gloria bendita que como cielo sin ocaso se le abrió a él antes que al resto de su pueblo. Porque la verdadera tierra prometida no son unas piedras, un territorio o unas fronteras, sino Dios mismo que es de quien nuestro corazón tiene la más infinita nostalgia.
            En nuestra vida humana y cristiana, se dan unos años para que pongamos en juego los talentos que se nos han dado. Ahí nos imaginamos construyendo un mundo nuevo o, al menos, intentándolo. Ahí ponemos en valor nuestros más nobles sentimientos dejando que corra lo mejor de nuestra propia humanidad. Ahí nos unimos a quienes amamos de veras entretejiendo con ellos lo más hermoso y sincero de nuestro afecto. Pero realmente ¿nuestra vida se explica y se entiende desde la conquista de estos nobles horizontes como son el honesto quehacer profesional, el digno despliegue de nuestros sentimientos más nobles o, más aún, la delicada entrega llena de ternura y afecto a quienes hemos querido de veras? Tenemos que decir que no, que no es así aunque sean ciertas todas estas cosas que forman parte de nuestra biografía con su tiempo y su lugar. La verdadera nostalgia que palpita en nuestro corazón, es llegar a ese Dios que nos atrae y nos llama de mil modos; llegar a esa tierra que para siempre y desde siempre Él ha querido prepararnos; llegar al cielo en el que sin ansias ya ni ansiedad ninguna, viviremos felices con el Señor para siempre junto a los que Él ama y nos dio como compañía en el éxodo de nuestra travesía humana.
            De esto nos da una preciosa lección Moisés, san Moisés. Como explicaba bellamente santo Tomás de Aquino, “la tristeza más auténtica es la nostalgia de un bien ausente”. El bien por antonomasia del que tenemos infinita nostalgia es Dios mismo, como lo tuvo Moisés. Y en Él tenemos nostalgia de todo lo hermoso y verdadero que aquí en nuestra tierra hemos vivido, particularmente nuestro relación con las personas que el Señor nos puso al lado como compañía para nuestro destino.
            Celebramos la misa del domingo en una capillita que nos dejaron los franciscanos que custodian y mantienen ese emblemático lugar. Dimos gracias también por san Moisés, santo al que ahora tenemos una especial devoción por su testimonio de santidad humildemente humana. Y tras asomarnos al escenario espectacular desde el balcón que sobre el Mar Muerto y el inmenso desierto de Judá, veíamos en la lejanía y entre la bruma de un excesivo calor, los vergeles que contemplaron los ojos de Moisés, vergeles que eran sólo anticipo del verdadero paraíso que desde allí mismo él disfrutó.




+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm

Arzobispo de Oviedo

sábado, 4 de julio de 2015

Sábado, 4 julio de 2015. Fuentes y montañas


En Cesárea de Filipo

Era sábado, Sabbat, día de descanso. Aquel Dios hacendoso que hizo las cosas diciéndolas, viendo luego lo bueno y bello que había salido de sus labios y sus manos creadoras, nos dejó esa lección tan llena de humanidad: descansó. No es un descanso que consiste en no hacer nada, sino el que te permite volver a lo que es importante, esencial, a eso que deberías amar en serio y no siempre amas, cuanto debería contar con una dedicación y una gratitud que no siempre encuentran en nosotros. Descansar para eso que da gloria a Dios y bendice a cuantos Él ha puesto cerca. Eso sí que nos devuelve un auténtico descanso del cuerpo y del alma.

 

            La primera visita del día fue ir hasta Banias, una zona de montaña en los Altos del Golán con bosques, cascadas y manantiales, cerca de donde se encontraba Cesarea de Filipos. El paraje es de una gran belleza, y el agua cristalina es una de las fuentes del río Jordán. El nombre de este río tan emblemático significa precisamente “el que baja”, es decir, el que desde las cumbres nevadas se va haciendo arroyo, río, que va desde la altura más notable de estos lares (Monte Hermón, 2814 mts.) hasta el punto más bajo de la tierra (mar Muerto, 417 mts. por debajo del nivel del mar). Este enclave entre Israel, Líbano y Siria, fue el escenario de un encuentro entre Jesús con los discípulos cuando les hizo una pregunta que vale como el gran examen de la vida: “¿quién dice la gente que es el Hijo del hombre?... y vosotros ¿quién decís que soy yo?” (Mt  16, 13-19).

Es interesante cómo en ese agradable rincón, Jesús les hace descansar y les sonsaca con una pregunta genérica lo que han oído decir aquí y allá sobre Él. Es una especie de encuesta estadística que recaba la opinión de otros. Y los discípulos fueron diciendo lo que cada uno había oído. Pero llega un momento en el que esa confesión no puede ser prestada de otros, cuando no es el sondeo ajeno lo que a cada uno se nos espeta, sino nuestra propia experiencia personal fruto de una quimera abstracta o de un encuentro verdaderamente real. No es suficiente saber lo que otros dicen de Jesús, sino que se me reclama lo que yo puedo decir sobre Él… sin préstamos descomprometidos como si tan sólo yo pudiera relatar la idea o la experiencia de otros y no tener ninguna mía personal.

Pedro entonces tomó la palabra para hacer una confesión personal sobre el Maestro, aunque no tenía la medida de su ingenio ni era fruto de una particular inteligencia avispada, sino que se dejó mover por la gracia de Dios que en él ponía verdad y sabiduría. “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo” (Mt 16, 16). Entonces Jesús le alabó a Pedro por su respuesta, y seguro que se puso ancho, muy ancho, ante la mirada curiosona de los demás discípulos.

Era el momento de nuestra peregrinación para hacer la renovación de nuestra fe, de esa confesión personal como si fuera una confirmación otra vez parecida al día en el que fuimos confirmados. Otros profesaron la fe por nosotros cuando fuimos bautizados, pero ahora se nos pide ese gesto de madurez pudiendo decir cada uno la fe que profesamos. Quizás entonces aparece nuestra poca fe, nuestra fe demasiado sin cultivar, una fe que no abraza toda la vida, y que no representa el horizonte último desde el que yo vivo cada cosa que me sucede dentro de mi corazón o en los alrededores de mis días. Pero renovamos la fe recitando con sencillez el credo de la Iglesia. En ese rincón bellísimo y fresco, amparados por la sombra de unas higueras y escuchando el murmullo saltarín de aquellas aguas tan puras, dijimos cada uno quién es Jesús para él recitando dos mil años después el credo de los cristianos.

En la iglesia de Naim
Naim fue el siguiente destino en el periplo de nuestra peregrinación. No suele ser habitual en los programas de las agencias acercarse a este pequeño lugar, donde todos sus habitantes son musulmanes. Queda enhiesta la iglesita que están restaurando los franciscanos como un precioso monumento de una escena, una de tantas, en las que Jesús no pasó de largo de una situación que pedía su mirada, su palabra o su silencio. Y fue en Naim donde el Maestro se topó con una comitiva inevitable en la vida de la gente: iban a enterrar a un joven, hijo único, y su madre viuda iba con todo su llanto. Eran lágrimas por lo que en ese momento perdía al despedir a su hijo fallecido. Pero también sus sollozos irían al imaginar lo que no encontraría al quedar viuda y sin hijos, que en aquella cultura oriental era como firmar un acta social de repudio.

 

A Jesús le acompañaban los discípulos y un grupo importante de gente que sin mayor compromiso no querían perderse las palabras que habían escuchado a este Maestro tan distinto y diferente en Israel. A la viuda también la acompañaba una gran muchedumbre. Ambas comitivas se cruzan. Jesús y aquella madre cruzaron sus miradas. El Señor entendió que se trataba de un zarpazo en el corazón de aquella mujer e intervino como sólo Dios lo puede hacer: resucitó al joven, y él incorporándose comenzó a hablar. Es de subrayar no tanto la resurrección del muchacho (llegará un momento en que se volverá a morir y no vendría Jesús para devolverle de nuevo la vida), sino la entraña que trasluce Jesús en el cruce de caminos en el que Él pasa ante nosotros. Su ternura misericordiosa hace que su corazón no resulte aprovechado hacia el vulnerable sentimiento de alguien necesitado. Sencillamente sale al encuentro y habla o actúa, para indicar con ese gesto que Dios no es intruso, ni huraño, sino una dulce compañía capaz de estar a mi lado con su acostumbrada discreción y cortesía.
Basílica de la transfiguración, en el Monte Tabor
 

Finalmente fuimos al monte Tabor. Ya divisábamos desde Naim ese altozano que se eleva en la gran llanura del valle Jezreel en la Baja Galilea. Sus 575 mts. apuntan simplemente a una altura humilde pero que destaca como una llamada de atracción en medio del valle y su planicie. Las alturas son reclamos en las distintas tradiciones religiosas para poder encontrarse con Dios. Y es que hay cosas en nuestros asuntos cotidianos que sólo desde la altura se pueden contemplar en su verdad y belleza precisas, como quien toma una bondadosa perspectiva. Cuántos momentos nos han hecho daño o han sido inútiles y estériles, sencillamente porque la inmediatez de su suceso nos robaba el horizonte desde el que poder contemplarlo con libertad y gratitud.

Jesús tomó a los tres discípulos más cercanos e íntimos, Juan, Pedro y Santiago, y subió con ellos al monte Tabor. La sinuosa ascensión nos va remontando en sus 21 curvas cerradas marcando el zig-zag que nos lleva a la plataforma de su amplia cima. Allí Jesús les mostró toda su luminosidad divina, como a esos tres discípulos les mostrará en otra ocasión toda su oscuridad humana. Estos dos momentos del Señor: la luz transfigurada en el Tabor y la oscuridad opaca en el huerto de Getsemaní, son toda una lección de vida también para nosotros como cristianos y discípulos tantos siglos después.

En el Tabor se oyó la voz del Padre que declaraba que su Hijo era su palabra última y mejor, la palabra del Hijo predilecto y bienamado, la palabra que nos vino a susurrar de tantos modos, la palabra que era preciso saber escuchar. Una palabra acampada como tienda (tal y como nos dice el prólogo de San Juan) en el campo de nuestras contiendas, que como una luz hostil a las tinieblas ha venido a iluminar nuestro camino y todas sus etapas. Escuchar a Dios cuando Él habla y también cuando Él calla, porque palabra y silencio son dos maneras con las que el Señor nos comunica su mensaje y su secreto. No hay nada que no pueda Él acompañar, sea cual sea nuestra necesidad de que alguien nos diga algo o sea cual sea nuestra necesidad de que nos dejen silenciosos en paz. Pero Dios sencillamente nos acompaña, se pone a nuestro lado, tanto en los momentos más luminosos para que la luz no nos engría, como en las situaciones más oscuras para que su penumbra no termine desesperándonos.
Interior de la Basílica de la Transfiguración
 

Lo decíamos todos nosotros también: ¡qué bien se está aquí! Pero como sucedió con aquellos tres discípulos, no cabía congelar ese precioso instante en un bello lugar construyendo tres tiendas al margen de lo que abajo del monte estaba esperando. Había que bajar con la transfiguración en el alma y en la mirada, para contar sin palabras de mil modos que Dios tiene una luz y una paz, infinitamente más grandes que nuestras claridades u oscuridades juntas. Transfigúrame, Señor, transfigúrame. Te lo pido en la montaña, aquí en el Monte Tabor.
El grupo de peregrinos, con Mons. Jesús Sanz, en el interior de la Basílica de la Transfiguración, en el Monte Tabor 
 

 

+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm

Arzobispo de Oviedo

           

Viernes, 3 julio de 2015. A la escucha del Maestro


Misa en el Monte de las Bienaventuranzas
 
Amaneció con toda la luz que nos regala Galilea. El lago de Tiberíades parecía un espejo en donde el cielo porfiaba volcarnos en él todos sus secretos. Y tamaño vuelco aconteció hace dos mil años, cuando el cielo abrió sus puertas y vino a contárnoslos el mismo Dios en la carne humana de su propio Hijo.

            Llama la atención que un reducto de espacio tan pequeño como es el extremo norte de este célebre lago que casi parece un pequeño mar, allí se desenvolviese toda la primera parte del ministerio de Jesús: palabras y enseñanzas, signos y milagros, llamada de los discípulos. Le esperaba todo el mundo, pero Él se quedó en este rincón para desde ahí poder contar y mostrar lo que había venido a traernos. El espacio de toda la tierra, cabía en ese rincón. El tiempo de todos los siglos, se concentró en aquellos tres años. Un misterio que desbarata nuestras agendas y nuestras mediciones, nuestras estrategias con sus prisas y sus miedos. Jesús tuvo su tiempo y marcó su espacio.
 
Monte de las Bienaventuranzas
Escuchando las explicaciones de d. Jorge Juan Fernández Sangrador
 

            Ahí comenzábamos también nosotros que dos mil años después hemos venido hasta aquí. Y la primera etapa fue un lugar particularmente programático en toda la enseñanza del Señor. Subimos al altozano que conmemora algunos metros más arriba el lugar donde Jesús pronunció el Sermón de la montaña. Son sus conocidas bienaventuranzas, esas ocho formas de felicidad que nos recuerda el evangelio de San Mateo (en cinco las sintetizó Lucas). Celebramos en una capilla original, verdadera catedral de la “hermana madre tierra”: las columnas, los árboles que nos cobijaban dándonos su sombra; el retablo mayor, el lago de Tiberíades y las colinas del fondo; la orquesta y el coro, el viento hermano que nos silbaba su canción, junto al gorjeo de los pajarillos y el mimbrearse de las ramas y las hojas. Comenzamos la Santa Misa.

            Era la fiesta del apóstol Tomás, el mellizo. Con su nombre y su mote popular, allí estaría él también aquél día en el que Jesús pronunció esa proclama bienaventurada. Ya la primera lectura nos puso en nuestro sitio al decirnos: «¡Mirad, hermanos, quiénes habéis sido llamados! No hay muchos sabios según la carne ni muchos poderosos ni muchos de la nobleza» (1 Cor 1, 26-31). Sí, ahí estábamos nosotros como aquella muchedumbre la primera vez. Nuestra presencia y la de ellos no se debía a una selección, al haber ganado un premio en un concurso, o a tener algún mérito que hiciera valedor escuchar curiosos al Maestro de moda. Estábamos con nuestras necesidades unos y otros, con nuestra pobreza y pequeñez ante las cosas que verdaderamente nos importan y nos desbordan desde el tram-tram cotidiano de lo hermoso y resultón o de lo acorralante y mezquino.

            El corazón de todo hombre y mujer, de toda época, de todo sitio… ha tenido y tiene una inmensa sed de felicidad. No tenemos otra exigencia más verdadera que palpite en el latido de nuestra vida. Esa felicidad buscada por los caminos más auténticos y serenos o por los senderos más equivocados y perdidos, es lo que nos define íntimamente a cada cual. Y aquí venía el contraste con lo que Jesús propuso: a qué llamamos unos y otros, en qué ciframos unos y otros… lo que es la felicidad. El Maestro galileo entraba en danza entonces y siempre, con lo que el mundo señala como felicidad y lo que Él proponía como bienaventuranza.

En este mundo tan querido y tan doliente a la vez, vemos que hay tantas cosas bellas que nos llenan de esperanza y gratitud, pero también vemos que está herido e inacabado. Los mil intentos de hacer un mundo bueno, justo, bello y pacífico, se han topado con la dificultad de los fracasos derivados de las pretensiones que ya denunciaba con ingenio Thomas S. Eliot al hablar de los tres dioses que nuestro mundo actual hedonista y tramposo fomenta y exalta: el dinero, el sexo y el poder. Es aquí donde se fragua la misión de salir al encuentro con este mundo para anunciarle la Buena Noticia que genere esperanza y esto es lo que hizo Jesús en esta orilla del lago de Tiberíades. Pero Jesús se topó entonces, y en nosotros se topa ahora, con un pulso no sencillo de deshacer: su manera de decirnos una felicidad que no engaña, y la manera que tiene el mundo de imponernos la suya.

Hay llantos que no desesperan y hay risas que te suicidan; hay tiranías que deshumanizan y hay persecuciones que nos dignifican; hay hambres y sedes que no nos debilitan, y hay festines que nos matan y arruinan. Así podríamos ir pasando por lo que las bienaventuranzas de Jesús han suscitado, despertado y sostenido con paz, esperanza, alegría, y cuanto las malaventuranzas del mundo han cosechado con sus corrupciones, sus violencias, sus insolidaridades, sus desenfrenos e injusticias. Toda una lección en la que cada cual se puede reconocer como un humilde discípulo mientras intuye que la sabiduría de Jesús es la que realmente nos enseña la vida, o acaso ser difidente de semejante Maestro y continuar dejándose arrastrar por el señuelo del poder que nos esclaviza, por la trampa de un placer que tiene pronta la caducidad y alta la tarifa, por la tentación del tener que con dinero torpe nos hace ansiosos del consumo y la mentira.

Bienaventurados… Esta era la proclama de la verdadera y única dicha. Quien lo ha escuchado lo sabe, quien lo ha vivido lo agradece, y quien con gratitud así se hace sabio, no puede por menos que contarlo a los cuatro vientos como testigo de la Buena Noticia.

Mons. Jesús Sanz, en la iglesia del Primado de Pedro

Mensa Christi
Venerando la Mensa Christi

Pero tuvimos dos visitas particularmente señeras aún. Primero fue el llamado lugar del Primado de Pedro, donde a orillas de aquel mar, de nuevo con redes vacías, Jesús y Pedro se encuentran de nuevo. El escenario era el mismo, pero ¡cuánto había cambiado su conocimiento! No dirá ahora Pedro como dijo la primera vez tras el milagro de los peces: vete, Maestro, márchate, porque soy un pecador. Tres años después dijo lo contrario con una humildad que se hacía confesión de fe y de amor: Tú lo sabes todo, Tú sabes que a pesar de todo, yo te amo. Y de esa declaración nacería la confianza que Jesús en Pedro deposita: apacienta mi rebaño. En esa misma orilla, también con nuestras redes tantas veces vacías, Jesús nos las llena de vida y de esperanza. Entonces volvemos a decir como Pedro, humildemente, que aunque llegamos a negarle tres y más veces a Jesús, queremos volver a empezar sin cansarnos nunca de estar empezando siempre: Él que sabe todo, sabe que también nosotros le amamos. De allí nos fuimos al barco para atravesar el lago de Galilea. Era mediodía, cuando las tormentas cotidianas hacen que comprendamos en carne propia, el miedo y respeto con los que aquellos discípulos en semejante circunstancia hicieron no pocas travesías. La zozobra del vaivén, el viento de cara y recio, las olas que nos bañaron adentro… nos hizo escuchar como un relato nuevo, aquella oración que los discípulos gritaron: no duermas, Maestro… sálvanos que nos hundimos. Y a su voz poderosa la tormenta amainó por fuera o tal vez sólo por dentro, para afrontar un temporal sin temor: no cambió la circunstancia, sino tan sólo el modo de mirarla y de vivirla.
Renovación de las Promesas Matrimoniales en Caná de Galilea

Mons. Jesús Sanz con los peregrinos, en Caná de Galilea. Renovación de las Promesas Matrimoniales
 

Finalmente llegamos a Caná. Había boda y todos nosotros estábamos invitados tantos siglos después. Aquellos se quedaron sin vino, como cualquiera de nosotros en las bodas de nuestra vida. Y a través de María nos llegó el primer milagro de Jesús. Hay un vino mejor que adquiere solera con el paso de los años. Ese es el vino del verdadero amor, y fue el que renovaron los matrimonios presentes volviéndose a decir que se quieren de verdad, para siempre, abiertos a la vida, en la salud o enfermedad, en la pena o alegría. No es bueno que el hombre esté solo, nos decía ya el Génesis. No es bueno porque Dios, de quien somos imagen y semejanza, no es soledad sino relación amorosa de tres Personas que se quieren: el eterno Amante (Padre), el eterno Amado (Hijo), el eterno Amor (Espíritu Santo). En un momento de hondo respeto, también rezamos conmovidos por aquellos que han perdido a ese ser amado por la muerte del cónyuge. No es un vacío absurdo y mudo, pero sí una ausencia ardiente que desea volver a escuchar tantas palabras y contemplar tantos gestos que se dijeron de veras y eternamente. A esa eternidad de unas bodas que no acaban nos emplazamos, para poder esperar con esperanza cristiana, el reencuentro en el Señor con aquellos que hemos querido en ese cielo para siempre.
Mons. Jesús Sanz, en el Lago de Genesaret
 

 

Fr. Jesús Sanz Montes, ofm

Arzobispo de Oviedo

viernes, 3 de julio de 2015

Jueves, 2 de julio de 2015. En el principio… fue María


Mons. Jesús Sanz con los peregrinos, en Nazaret


           Nos dimos cita en la parroquia de Santiago del Monte, la más próxima al aeropuerto asturiano de Ranón. Allí celebramos la Eucaristía los peregrinos que vamos a Tierra Santa con la peregrinación diocesana de este año. Santiago nos trajo el Evangelio partiendo de allá, y nos habló de su Señor y Maestro. Le devolvemos la visita yendo a su punto de partida para tratar de ensimismarnos con las palabras y los hechos de Jesús Resucitado de quien Santiago fue amigo.
            La lectura que escuchamos fue la conocida del libro del Génesis: “Sal de tu tierra( Gén 12). Así se le dijo a aquel hombre con el que nada menos que el mismo Dios quiso escribir una historia inolvidable. Esta es la experiencia más honda del corazón del hombre que siempre se ha visto peregrino de un destino que no han fijado jamás nuestros intereses ni nuestra pretensión. Hay una indomable curiosidad, una irrefrenable atracción, una imparable tendencia hacia ese misterio de belleza, de verdad y de bondad que nos hacen rebeldes ante toda resignación frente a cualquier mediocridad.
            El sentido que tiene la peregrinación cristiana, es emular aquella invitación que recibió Abraham y que Dios vuelve a dirigir a cada uno de sus hijos. No se trata de la salida fugitiva de quien huye de su pasado y de su presente hacia un futuro de quimera. Es la salida de quien desea volver habiendo aprendido algo, habiendo recibido una gracia que le permite abrazar lo que a diario amasa y ama, pero de una manera nueva.
            Tierra Santa ha sido la meta de tantos creyentes cristianos, de tantos santos peregrinos que yendo hasta las fuentes de nuestra fe, nos han dejado surcos rodados con sus testimonios de búsqueda, de hallazgo, de encuentro, de renovación profunda.
            Vamos a la geografía de la salvación para volver a leer una historia a la que pertenecemos, y de alguna manera representamos a toda la Archidiócesis de Oviedo y por todos y cada uno de nuestros hermanos y hermanas queremos elevar nuestras oraciones, encomendando lo que nos prueba y nos supera, y agradeciendo tanto como nos regala la Divina Providencia.

En Nazaret


            Esa geografía santa por ser la patria chica de nuestro Salvador, está jalonada por los momentos en los que su humanidad divina nació, creció, se hizo adulta. Rincones en los que será fácil poner contexto a escenas de los Evangelios que tanto bien nos ha hecho leerlas e imaginarlas. Toda historia de amor, y esta lleva el Amor con mayúsculas, no sólo tiene unas fechas sino también unos lugares donde ha acontecido. Recrear nuestra mirada en ese paisaje, respirar sus aires, atravesar los siglos de su tiempo, y asomarnos de nuevo a tantas palabras de vida que dijo el Maestro, a tantos gestos amorosos con los que Jesús nos fue contando como Hijo el amor que el Padre Dios nos tiene.
            Jesús, María y los Apóstoles de aquella primera hora cristiana, y también la huella de tantos hombres y mujeres santos que se han allegado a la Tierra Santa estarán presentes. A ellos nos encomendamos para que nuestro peregrinar tenga la gracia que Dios nos quiere regalar: nuestras hambres saciadas con otro pan, nuestra ceguera iluminada con otra lumbre, nuestros pecados lavados con agua de perdón, e igual la cojera, la mudez y la sordera que nos incapacitan para mirar, para escuchar, para alabar serán curadas con la gracia de su paz.
Mons. Jesús Sanz bendice a los peregrinos desde la gruta de la Encarnación, tras el Ángelus

            El día ha transcurrido en torno a María, porque Ella fue el comienzo de la historia humana de Dios. También nosotros hemos querido vivirlo así: empezando por la Virgen. La Basílica de la Anunciación en Nazaret y el Santuario Stella Maris en el Monte Carmelo, han sido los dos lugares en donde hemos puesto nuestra mirada en un primer paso como peregrinos. En Nazaret María nos da ese precioso testimonio de alguien que se fía de Dios, que cree que lo imposible para uno es posible para Dios. ¿Cómo aprender esto, como poder fiarnos de veras? Mirando a la vida en la que el Señor hace y dice maravillas. Así se le dijo a María: mira a tu prima Isabel, pues la que llamaban estéril está ya de seis meses. ¿Cuáles son mis imposibilidades? ¿Qué desafía mi pequeñez y pobreza personal? Ahí nos espera Dios, para hacernos comprender que cuanto yo no puedo, Él lo puede hacer; cuanto yo no sé, Él me lo enseña en los hermanos; cuanto yo no tengo, Él me lo comparte de mil modos con su gracia infinita. María se fio de Dios y la Palabra se hizo carne de su ser.
           El Monte Carmelo nos ha hecho recordar a los profetas que en él se encaramaban en sus cuevas de penitencia y testimonio. Elías el tesbita se levanta como esa pasión por servir a Dios desenmascarando todo lo que sea falso y postizo, todo cuanto en la vida se torne tramposo y trucado. Pero allí, aparece también la nubecita pequeña que va subiendo por el Monte hasta hacerse nube consistente y llover las bendiciones del Altísimo. Y esa nubecita de bendición ha sido siempre considerada como una imagen de la Virgen María. Ella aquí, ante el espectáculo del Mare Nostrum, el Mediterráneo, se levanta como verdadero faro al igual que en todos nuestras orillas de los mares procelosos. La vida es un rompeolas, unas veces con sus ondas suaves que terminan por peinar las playas de nuestro descanso; otras con su oleaje bravío que se estrellan en el acantilado dejándole herido. Pero en esa vida así de variopinta, hay un faro que nos orienta, nos acompaña, nos recuerda cosas: y ese faro es María.
En el Monte Carmelo

            Este año, además, dado que estamos en una de las cunas de la familia carmelitana, hicimos en el Monte Carmelo memoria de esa hija ejemplar que es Santa Teresa de Jesús en el V Centenario de su nacimiento. La santa castellana nos enseña que Dios es un Dios cotidiano y nada aburrido, un Dios que por andar… anda entre los pucheros donde la vida se arrebata, se quema, sigue cruda o se ha conseguido servir en su punto de gusto como el mejor alimento. Y con Teresa aprendemos que cada época es siempre momento de tiempos recios, ante los cuales sólo cabe ser amigos fuertes de Dios y llegar hasta la orilla última como hijos de la Iglesia. Quien esto tiene, nada le falta, porque sólo Dios basta.

Misa en el Monte Carmelo