miércoles, 10 de julio de 2013

Del Tabor a Jericó: el don de una mirada


"Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano". Leyendo el pasaje de la resurrección
de Lázaro en Betania


​Subimos al Monte Tabor. Era a primera hora de la mañana cuando fuimos dejando atrás la Galilea y sus dulzuras apostólicas. La primera parada fue esa pequeña cima. La escena era por todos conocida, pero el escenario que desde allí se otea, pone un contexto delicioso para entender lo queaconteció. El Monte Tabor no tiene una especial altura con sus escasos 600 metros de altitud. No obstante destaca en la latitud que lo circunda porque se eleva como un reclamo su altozano. Jesús quiso subir a su cumbre siendo acompañado por Pedro, Santiago y Juan. El cansancio, un pasajero mal de altura en quien estaba acostumbrado sólo a la brega del mar, o sea lo que fuere, el hecho es que Pedro y sus compañeros estaban como alucinados.
​Jesús se transfiguró delante de ellos; cobró un brillo especial, transparentado, como si se hubieran puesto al trasluz su humanidad de Dios. Y el Padre eterno volverá a recordar lo que ya dijo cuando su Hijo comenzó con el bautismo en el Jordán su ministerio público como Mesías: que Jesús es el Hijo bienamado de su Padre Dios, que hemos de escuchar su Palabra. Pero aquellos discípulos se caían de temor y de sueño. Nosotros, peregrinos en ese monte bendito, nos encontramos por doquier con esa experiencia ambivalente de la cruz y la transfiguración: momentos gloriosos y resplandecientes de luz que nos gustaría detener como Pedro hizo, y momentos también duros y difíciles que nos gustaría borrar y de los que escaparnos aunque sea durmiéndonos como aquellos tres. Andamos también nosotros como aquellos tres discípulos: sin entender y asustados. Se nos impone ver cada día una realidad tan tejida de dolor (guerra, violencia, injusticia, corrupción, soledad, crisis, sufrimiento...) que nos gustaría también escaparnos aunque fuera piadosamente. Pero Dios quiere anticiparnos un reflejo de su Pascua resucitada, cada vez que en medio de esa realidad nos sorprende con retazos de bondad, de justicia, de belleza, de paz, de dicha bienaventurada. Hemos de vivir la realidad sin hundirnos por sus momentos oscuros y sin apropiarnos de los resplandecientes. Y quiera el Señor concedernos ser en nuestro mundo, un pequeño tabor, para que entre tanto desencanto y sufrimiento, puedan atisbarse rayos de luz, anticipos de tranfiguración, de la nueva tierra que Dios quiere para todos sus hijos. Un alto en el camino, para seguir hacia el destino al que personalmente y como Pueblo, se nos ha llamado.
​Y también nosotros bajamos del Tabor, sin hacer aspavientos raros, convencidos que debemos seguir caminando nuestra particular subida a Jerusalén. De allí nos fuimos a Jericó. El mismo camino ya nos alertaba que el horizonte se estaba poniendo seco según mirábamos el desierto que comenzaba a ganar terreno por momentos. Pero de pronto apareció Jericó, tal vez la ciudad más antigua del mundo, cruce de caminos de caravanas ilustres y algunos salteadores. Nos dirigimos a la pequeña capilla de un colegio que los franciscanos atienden para niños árabes, dedicada al Buen Pastor.
​Allí recordamos dos escenas memorables que acontecieron en el Jericó de hace dos mil años. Se trataba de dos ciegos muy diferentes, que con sus diversas cegueras se encontraron de bruces con Jesús. Él ya era un maestro famoso en toda la comarca. Quizás las mismas caravanas paseaban sus hechos y palabras más todavía que sus mismas mercaderías. De modo que al llegar aquel día Jesús y sus discípulos a Jericó, cundió el alboroto, la curiosidad, qué sé yo qué expectativas. Y en esas andaban cuando un pobre ciego de nacimiento, el bueno de Bartimeo, quiso preguntar a qué se debían los hosannas del griterío y del festejo. Al decirle que era Jesús, el nuevo maestro de Israel, Bartimeo comenzó a gritar como si estuviera poseso… ¿Cómo podía quedarse mudo y quieto un ciego cuando por la puerta de su casa estaba pasando la Luz con mayúsculas? Era la ceguera de quien no había visto jamás las cosas. Bartimeo fue curado, y tirando su manto se levantó para glorificar a Dios. Aquellos ojos cerrados le tenían allí postrado al borde del camino pidiendo limosna. Invidente y mendicante, sin luz y sin hacienda, orillado en el sendero. Debió escuchar más jaleo del usual y preguntando qué pasaba o quién pasaba, le respondieron que era Jesús. Entonces él comenzó a gritar: “Hijo de David, ten compasión de mí”. Debió hacerlo con tanta fuerza e insistencia que llegó a molestar a algunos del cortejo de Jesús.
​Bartimeo, que no podía andar a causa de su ceguera física y que le tenía allí postrado y limosnero, tenía más luz interior que bastantes de los que acompañaban al Señor. Un ciego que no puede andar y unos viandantes con ceguera en sus adentros. No se debe censurar el grito de la vida. Es el grito de quien sabe que ha nacido para ver y para andar, y no acepta una resignación imperativa de tener que contentarse con limosnas inmóviles. ¿Quién tuviera los oídos de Dios para escuchar tantos gritos y responderlos adecuadamente?Bartimeo no dejó de gritar, y cada vez más fuerte, como quien dice a su modo urgente e intempestivo que lo suyo no debe perpetuarse, que no ha nacido para eso. La vida amordazada, acorralada, mutilada o censurada... no dejará de gritar y de gritarse. “Jesús, Hijo de David, ten compasión de mi”, es la oración de todos los pobres y sencillos que han querido alguna vez levantarse de sus cegueras y de sus forzosas postraciones. Jesús le curó alabando su fe y Bartimeo se levantó y lo siguió como discípulo. Había encontrado la Luz y abandonó su ceguera; había hallado el Tesoro y dejó de pedir limosna; había encontrado el sentido de la vida, y se puso a caminarlo, abrazado a Aquel que es el Camino.
​Pero hubo otro ciego de una ceguera mayor, porque es la que se fragua y enquista en la oscuridad del corazón apagado de la luz para la que fue hecho. Era alguien poco querido en el pueblo de Jericó, tal vez el más odiado del pueblo. Era rico y jefe de publicanos, además de ser bajito de estatura en todos los sentidos. Es posible que la fama del nuevo maestro llegase a sus oídos, y no quiso perderse la entrada de Jesús. Se tuvo que subir a un árbol para ver sin ser visto, pero resulta que Jesús lo descubrió. Y llamándole por su nombre, le dijo que bajase ante el pasmo de todos. Y tuvo el Señor la libertad de autoinvitarse a cenar precisamente con aquel paisano, el aprovechón, el que se hizo rico a costa de abusar y robar a mansalva. Todo el odio acumulado en Jericó hacia aquel hombre, no resultó suficiente para cambiar un milímetro su pecado. Todo lo que se murmuró contra él, toda la envidia, toda la venganza perjurada, tampoco habían conseguido que Zaqueo cambiase de camino.
Pero llegó Jesús, fue a su casa, se sentó a su mesa y le miró. Es posible que nunca antes Zaqueo habría experimentado una mirada tan única, tan gratuita y tan verdadera como la de aquella noche durante la cena. Jesús no le citó en la sinagoga, ni tampoco se fueron al Templo de Jerusalén, ni le pidió un ejemplar de las Tablas de la Ley para repasarle los mandamientos, particularmente algunos más evidentes. Sencillamente, Jesús se aprendió su nombre, se metió en su casa y compartió el mantel, así de simple, como la vida misma. Pero aquel hombre cambió. Y de pronto los ojos de Jesús, su acogida y su palabra hicieron que Zaqueo viese por primera vez lo mezquino de su negocio ladrón, lo injusto de su abuso abusivo. La presencia de Jesús, sólo su presencia, permitió a Zaqueo ver otro horizonte tan distinto al que a diario diseñaba su torpe e inútil ambición, tan cegadora de un corazón entenebrecido.
Dice el Evangelio que repartió cuatro veces más lo que había robado a sus paisanos. De vez en cuando Jesús, se cuela de rondón, y consigue por su Presencia, lo que todas nuestras violencias y maquinaciones son incapaces de mover y de conmover. Hay que bajar del árbol. Jesús también conoce nuestro nombre. Ojalá encuentre la mesa servida y caliente el pan, y cenando con cada uno de nosotros nos cure la ceguera del corazón.


+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo
Jericó, 9 julio de 2013

martes, 9 de julio de 2013

Galilea: la dulce estancia de Jesús

Renovando el bautismo en las fuentes del Jordán


            Fueron los años de la predicación amable entre parábolas que todos entendían, palabras que encendían la vida y milagros que como gracia y dardo se clavaban en el hondón del alma. Tiberias tiene un amanecer madrugador. Parece que el alba aquí se levanta antes y viene a acariciarte el primer momento de un día nuevo aún por escribir.
            Fuimos así hasta el monte de las Bienaventuranzas. Íbamos con la conciencia laborable de un día cualquiera. No había cita previa cuando Jesús en esa ladera proclamó aquel primer sermón que sabía a dicha feliz y bienaventurada. En la trama de un día entre tantos escondido en el vaivén de lo cotidiano, allí quiso Jesús proclamar su proclama tan sorprendente como revolucionaria. Porque Él llamó dicha grande lo que para tantos era una vulgar desgracia, y quiso apelar como feliz ensalzamiento lo que para muchos era una losa que aplasta. Esta fue su enseñanza aquel día señalando las venturas buenas en medio de tanta malaventuranza.
            Algún secreto tendría el Señor para un cambio de escenario tan tremendamente radical. Los pobres son los herederos de un Reino nuevo. Y los mansos serán dueños de la tierra. Los llantos tenían ya consolación. El hambre y la sed de la justicia no quedará sin saciar. Y quien use de misericordia, misericordia alcanzará. Los que tengan un corazón limpio, sólo ellos podrán contemplar el Corazón de Dios. Y cuantos trabajen por la paz serán señalados como los hijos de Dios. Y los perseguidos, insultados y calumniados por el motivo y la causa del Señor, tendrán una recompensa inmensa en el cielo inmenso. ¿Quién podría decir semejantes cosas? ¿Cuál era su secreto mejor guardado que de pronto se desveló como un canto nuevo trayendo la alegría y el contento que sólo puede concedernos Dios?
            Era inevitable en aquella catedral que tenía como nave y asientos la ladera de ese monte bendito, como retablo el lago de Tiberíades, y como lectura propia del día un cantar improvisado que sabía a inmerecida bienaventuranza. Todos tenemos nuestras malaventuranzas más íntimas o más conocidas que ponen en jaque con pretensión de ser mate cuanto Dios escribió en nuestros ensueños y que nuestro corazón reclama. La tentación será siempre la misma: creer que nuestra ventura desdichada no tiene remedio, se llame como se llame, y que no hay nada que hacer cuando el desafío nos acorrala imponiéndonos su impostura y haciéndonos rehenes de nuestras pequeñas o grandes desgracias. Pero aquellos oyentes primeros escucharon aquellas palabras como quien oye algo dicho para ellos, algo que les correspondía de veras, algo que encendía una luz infinitamente más grande que todas sus cegueras juntas, algo que ponía dulzura bienaventurada en sus pesares malhadados de las malas venturanzas. Esta fue la intención de la Eucaristía allí celebrada, en la ladera de aquel monte en un lunes cualquiera que se convirtió por eso en una fiesta de gracia y holganza.
            Fuimos después a la orilla del lago. Multiplicaciones de peces y panes en Tabgha, y confesiones de amor en torno a unas brasas. Son dos escenas preciosas que nos hablan de la insuficiencia de nuestros recursos cuando se trata de arreglar las cosas a nuestro modo, de cambiarlas según nuestra agenda y manera. Los más de cinco mil no habrían comido aquel día si Jesús no les sacia. Pero Él quiso hacer el milagro para una multitud partiendo de la pequeñez más precaria. Con cinco panes y un par de peces, aquella muchedumbre comió, quedando simbólicamente doce canastos de sobras. No es nuestra ansiedad ni nuestras genialidades lo que transforma la vida, sino dejar que a través nuestro y contando con nuestra pobreza, Dios intervenga haciendo el milagro cotidiano. Y así ocurrió con la otra multiplicación mucho mayor: la del corazón que se rinde desde un amor herido, negador y mezquino, a un amor que espera sin humillar mientras pregunta a Pedro: ¿Simón, me amas? La multiplicación fue en este caso la del amor primero que de pronto maduró en la sencillez sin doblez: Tú, Señor, lo sabes todo, Tú, sabes que te quiero. Era el milagro del perdón que se hizo entrega de amor nuevo.
            Y de allí nos fuimos a Bania, en las mismas fuentes del río Jordán cuando éste es tan sólo un manantial niño. Pudimos renovar nuestro bautismo con la conciencia de ser adultos que no siempre han sabido vivir su fe bebiendo de las verdaderas fuentes que la nutren y sostienen. Por eso volvemos a donde surge semejante creer, como subimos hacia la alta Galilea para llegar al comienzo del torrente. Un agua que luego se hará cantarina y juguetona en pequeñas cascadas, que llenará de frescor y fecundidad cuanto alcance en su paso, que también se hará mansa dibujando meandros en la tierra del valle según va perdiendo fuerza, y que sabrá entrar en el mar de su destino abrazado a su inmensidad. Si esta es la parábola de la vida, así nuestra vida cristiana debe saber contarse mientras se canta en la aventura de creer de veras, con la vocación que cada cual ha recibido en la Iglesia. Creo en Ti, Señor. Renuncio a Satanás. En el año de la Fe pudimos con verdadero fervor renovarla.
            Caná nos esperaba con sabor a nupcias. Muchos peregrinos iban como cónyuges, e incluso algunos con sus propios hijos. Era emocionante ver a ese joven matrimonio italiano que se unió a nuestra celebración, y que llevaban casados tan sólo tres días, junto a los más veteranos que cumplían los años dorados de sus bodas de oro. En unos y en otros, el amor era bendecido por Dios que es Amor. El vino gana en solera con el paso de los años. Y así pedimos para todos ellos que ese vino de su amor jamás se les aguara, como quien pervierte aquel primer milagro de Jesús que convirtió en buen vino el agua de unas tinajas. Para todos ellos, para sus hijos, fue una renovación hermosa donde se evidenciaba la gracia, la gratitud y la ternura enamorada que Dios bendijo una vez más.
            Pero nos quedaba atravesar el Lago de Tiberíades. No fue un paseo en barca, sino un pretexto para asomarnos in situ al escenario que tantas veces contemplaron Jesús y los discípulos hace dos mil años. La hora crepuscular es la hora de las lágrimas, como dicen los poetas. No por la pena, sino por el sobrecogimiento que conmueve el alma. Al caer el sol, sobre aquel lago paramos el motor de la embarcación. Las olas seguían musitando su eterna canción. Las colinas nos seguían presidiendo. Y en medio de esa inmensidad leímos los evangelios que tuvieron como escenario ese mismo lugar. Tempestades calmadas, un Jesús que aparentemente duerme, redes vacías que se llenan de peces. Son algunos milagros que nos recordaron aquellas aguas. De nuestras tormentas y turbulencias, de nuestros temores y fantasmas, de nuestras redes sin ninguna pesca, cada uno puede contar su historia de pruebas y hazañas. Pero entonces como siempre, Jesús siempre vela aunque parezca dormir, las tempestades no destruyen ni condicionan su providencia, y las redes sin nada de pronto se llenan de una pesca tan inmerecida como cierta. El sol caía. El Mar de Galilea callaba. Y nosotros fuimos hasta la orilla con la alegría en los labios y la esperanza en el alma.


+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo
Tiberias, 8 julio de 2013

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Renovación de las promesas del Bautismo en las fuentes del Jordán

Venerando la Mensa Christi en la iglesia del Primado

Ante la Mensa Christi, en la iglesia del Primado de Pedro, al borde del lago de Genesaret
Celebrando la misa, en el Monte de las Bienaventuranzas

Mons. Jesús Sanz y los sacerdotes concelebrantes, en el Monte de las Bienaventuranzas


Los matrimonios que participan en la peregrinación renuevan su compromiso, en Caná de Galilea

Renovación de las promesas matrimoniales, en Caná de Galilea
Mons. Jesús Sanz exhorta a los peregrinos en el lago Tiberíades

Celebración en la barca, en el Mar de Galilea




lunes, 8 de julio de 2013

Un día con Miriam de Nazaret

En Cesarea Marítima, frente al mar Mediterráneo, escuchando la explicación del Vicario General,
guía de la peregrinación



            Anoche llegábamos a Tel-Aviv cuando el sol nos regalaba uno de esos atardeceres increíblemente bellos mientras sangraban sus colores pintando de rojo el cielo y dejando azul de añil la mar. El largo viaje hizo que nos recogiéramos pronto para descansar. Este segundo día de nuestra peregrinación agradeció alguna hora de sueño más que reparase las que se robaron al día anterior.
            Comenzamos por Jaffo. Un puerto en la Cesarea marítima que nos trajo el recuerdo de aquellos primeros escarceos apostólicos cristianos fuera del ámbito estrictamente judío. De hecho el primer converso fue un centurión romano en estos lares. Allí callejeamos el barrio de pescadores y artesanos hasta dar con la casa de Simón Pedro. Todo por hacer entonces, ninguna tradición detrás, y sin embargo ya se estaba escribiendo la historia cristiana, nuestra historia, con aquellos primeros compases de una sinfonía preciosa apenas comenzado en su estrenar. Nos asomamos a los restos del teatro romano parcialmente restaurado, y allí, un poco apartados junto a la orilla del mar, leímos conmovidos el relato del proceso de Pablo cuando sus excompañeros sumos sacerdotes y ancianos de los judíos. Festo exponía al rey Agripa el caso de Pablo: estaba confuso el gobernador porque no acertaba a entender las razones de la acusación contra Pablo por parte de los judíos. Y terminó con una conclusión que releída en este lugar siempre conmueve: “los acusadores no presentaron contra él ninguna acusación de los crímenes que yo sospechaba; solamente tenían contra él unas discusiones sobre su propia religión y sobre un tal Jesús, ya muerto, de quien Pablo afirma que vive” (Hch 25, 18-19).
Impresionante testimonio: afirmar que Jesús vive… podía costar la muerte. Entre las ruinas de un tiempo y bajo un sol inclemente dejándonos acariciar por la brisa del mar, era hermoso ese cántico más dulce que el mecerse de las olas que rompían en la orilla. Jesús ha resucitado, vive para siempre, y esto hay que afirmarlo de tal modo que suene a provocación salvadora, aunque de tantos modos dicten contra nosotros una condena de muerte. Da igual cómo sea el paredón, importa menos cuál sea el corredor, pero a diario durante estos dos mil años de cristianismo, los verdaderos cristianos han pagado con su martirio cruento o incruento que Jesús vive porque ha vencido su muerte y la nuestra.
De allí nos fuimos al Monte Carmelo. Era la primera cita con María en este segundo día de peregrinación. En la iglesia Stella Maris, oteando ese inmenso mar que mirarían aquellos primeros cristianos cuando comenzaron a navegar hasta los finisterrae del mundo conocido para anunciar a Cristo, allí recordamos a la Virgen nuestra Madre. Esa nubecita de la que habla la Biblia, es el presagio del agua benefactora que pone fin al desierto y la sequía (1 Rey 18,44). María con su sí ha puesto fin a cuanto sofoca y desertiza nuestra tierra condenada. Ella no es el agua, pero sí quien nos a trae, como esa inocente parábola de la pequeña nube sobre la cima del Monte Carmelo. Y como un faro seguro, nos orienta en los altamares cuando las tempestades y turbulencias amenazan con naufragios sobrevenidos.
Con esta gratitud, nos fuimos ya a Nazaret donde nos aguardaba la imponente y sencilla Basílica de la Anunciación. Allí tuvimos la santa misa, y volvimos a escuchar el relato del arcángel Gabriel con Miriam. Hay un cambio de plano con este enviado de anuncios salvadores: no es Jerusalén, ni el Templo, ni el Sumo Sacerdote… el contexto de su embajada como mensajero de Dios. Es más bien una desconocida aldea, Nazaret; en una casa cualquiera, su propio hogar; y ante una joven casi niña, Miriam, María. Allí tuvo lugar este milagro: que lo imposible para nosotros es posible para Dios. Y la Palabra se hizo carne en las entrañas virginales de María. Una Palabra que nacerá en un establo en la distante Belén, que tendrá que aprender a hablar, que se hará fugitiva a Egipto por las censuras egoístas y asesinas de los Herodes de turno, que se paseará por nuestros mil caminos y se nos dirá en sus mil parábolas, que será clavada en una cruz hasta quedarse tan muerta como muda, que resucitará de nuevo para decirnos la vida… ¡Cuántas palabras aguardaban a aquella Palabra bendita! ¡Cuántas palabras nos contó o nos quiso silenciar!
También a nosotros Dios ha reservado una palabra: la que eternamente silenció para decírnosla a cada uno y para con cada uno poder decirla. En María aprendemos el sí incondicional a esa Palabra que fue el secreto de su vida. A María le pedimos ser fieles a lo que en nuestra vida, a nuestra edad, dentro de la vocación recibida, Dios quiere decirnos y quiere decir con nosotros.
Dos sacerdotes, de rodillas ante la casita de la Virgen, mirando la estrella que señala en latín: hic Verbum caro factum est, aquí la Palabra se hizo carne, iban desgranando su rosario. Yo lo hice también desde atrás. Ellos pidieron por los hermanos en el sacerdocio de nuestro presbiterio diocesano: que todos aprendamos de María su disponibilidad.


+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo
Cesaréa – Monte Carmelo – Nazaret, 7 julio de 2013

(Hacer clic para agrandar las fotos)
Cantando la Salve en el Santuario de la Virgen del Carmen, en el Monte Carmelo (Haifa)
Ante la Virgen del Carmen, en el Monte Carmelo
Mons. Jesús Sanz, con los sacerdotes que participan en la peregrinación diocesana, antes de celebrar la Santa Misa
en Nazaret
Mons. Sanz Montes, durante la Eucaristía en Nazaret

En Cesarea Marítima


Comienza una peregrinación única en la vida. Subir a Jerusalén




           Se hicieron para andar nuestros pies. No siempre están dispuestos para comenzar o para seguir el camino hacia su destino. Y así se nos distraen, se nos despistan o se nos extravían empeñados en senderos que conducen a ningún lugar. Esta es parte de nuestra historia humana y cristiana en lo que tiene de lenta o de torpe: no haber comprendido que dentro de nosotros hay un peregrino, que somos esencialmente peregrinos. Y esto lo ha comprendido siempre la tradición cristiana cuando ha invitado a sus fieles a peregrinar fundamentalmente a tres lugares muy significativos: Jerusalén, Roma y Compostela.
            Con estas nos aventuramos un año más a peregrinar a Tierra Santa que tanto Jesús, como María y los Apóstoles bendijeron con sus vidas. Allí han quedado sus huellas que quienes acudimos en su búsqueda tomamos como hitos de nuestra andadura.
            Los casi ciento cincuenta peregrinos teníamos una cita previa: la parroquia de Santiago del Monte, junto al aeropuerto asturiano de Ranón. Esa preciosa iglesita nos volvió a abrir sus puertas con todo el encanto de ese rincón tan primorosamente cuidado por su párroco D. Agustín González y sus colaboradores laicos que ya son de la familia de estas peregrinaciones. Lleno el templo hasta el coro, nos pusimos en manos de aquel Apóstol que desde la Tierra Santa nos trajo el evangelio y la memoria viva de Jesús. Ahora éramos nosotros los que allí acudíamos peregrinando a los lugares en donde nuestra historia comenzó.
            El evangelio nos relató la subida de Jesús a Jerusalén con sus discípulos. Todo el relato de San Lucas está concebido como una especie de diario de viaje que duró toda la vida del Señor. Su nacimiento en Belén, su infancia y mocedad en Nazaret y su vida pública por doquier, eran etapas de esta subida larga que culminaría en Jerusalén dándonos la vida como nadie y para siempre. Subir a Jerusalén es lo que nosotros nos proponíamos al montarnos en el avión que nos conduciría hasta allí.
            Pero al igual que en la subida de Jesús con sus discípulos, todos los registros de la vida están presentes en esa andadura: los momentos más hermosos que nos llenan el alma de gratitud y alegría, como los más duros que ponen a prueba nuestra confianza en la providencia de un Dios bueno. Así sucedió con ellos entonces: niños que juegan en la plaza, viudas que echan lo que tenían como limosna para el Templo, pescadores sin horizonte en su vida y pecadores empedernidos con todo su catálogo de fechorías; buscadores nocturnos como Nicodemo, pecadoras abusadas como la Magdalena, madres que va a enterrar a su único hijo o amigos entrañables como Lázaro cuya muerte conmoverá al Maestro. Zaqueos con sus rapiñas, Samaritanas con su sed profunda, Mateos en sus telonios, recién casados sin vino, centuriones con más fe que los fariseos, leprosos que fueron curados y endemoniados a los que expulsaron los demonios de sus males… ¡Cuántos nombres, cuántos rostros, cuántos llantos y cuántas sonrisas! Toda una vida humana apretada en el puño de aquellos años de subida, lenta en el paso, ligera de equipaje y rica en los encuentros que se cruzaron entre Jesús y todas sus biografías.
            Así vamos nosotros también, así nos queremos disponer sin poner precio de ningún tipo a lo que queremos recorrer cada cual con su nombre, con su situación, con las cosas que nos arrugan con dolor o las que nos dilatan con alegría. Si no ponemos precio, significa que queremos vivir lo que el Papa Francisco está repitiendo desde su comienzo como Sucesor de Pedro: dejarnos sorprender por Dios en la gracia que Él nos quiera conceder, recordando o estrenando lo que tenga a bien regalarnos inmerecidamente.

+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo
Tel-Aviv 6 julio de 2013

domingo, 15 de julio de 2012

Custodiar una historia. Contar lo sucedido en el camino


Última Eucaristía en Emaús

            La víspera de nuestro regreso, con la peregrinación casi terminada, fuimos a la sede de la Custodia de Tierra Santa. Es una institución de la Orden Franciscana, porque por petición de la Iglesia han sido los hijos de San Francisco de Asís quienes desde hace casi 800 años, asumen este encargo de custodiar los lugares de Jesús, de María, de la primitiva comunidad cristiana. Quisimos tener un encuentro con el P. Artemio Vítores, OFM, franciscano español que lleva en Jerusalén cuarenta años y en este momento es el Vicario de la Custodia. Nos explicó lo que han hecho los franciscanos a lo largo de tantos siglos. Lo primero es cuidar los lugares vinculados al Señor, porque sus sitios nos hablan todavía y guardan el secreto desvelado de lo que allí aconteció y sigue aconteciendo. No son piedras, ni tampoco rincones mágicos, esotéricos, con extrañas energías que habría que catalizar. Son lugares que siguen narrando una historia, y que arrojan una luz preciosa sobre los textos del Evangelio, como si allí nos diéramos cita de nuevo los discípulos de hoy con el Maestro eterno. Esos lugares hay que cuidarlos, limpiarlos, dignificarlos, y sobre todo brindar la acogida a los que peregrinan en búsqueda de la gracia, de la verdad, de la bondad que el Señor resucitado allí nos sigue brindando.
            En segundo lugar, la Custodia acompaña a las comunidades cristianas de Tierra Santa. No sólo las que están en Israel, sino también las que están en Jordania, en Siria, en Líbano, en Turquía, etc. De modo particular, lógicamente, las que están en Israel. Las parroquias que llevan los franciscanos, los colegios ofreciendo una educacigesis, la tierra pasa cotidianamtoanosnder el corazespierta, se enfada, se enamora, se ilusiona. Por esta tierra pasa cotidianamón integral desde el Evangelio, el sostenimiento los pequeños talleres de artesanía.  Y también adquiriendo viviendas para los cristianos a fin de que no tengan que vivir un éxodo interminable en medio de la incomprensión y a veces la hostilidad como de un fuego cruzado entre judíos y musulmanes. También es importante la Facultad de Estudios Bíblicos (Studium Franciscanum Biblicum) en donde se profundiza en la Sagrada Escritura al más alto nivel de la exégesis, la historia, la geografía, la arqueología, la teología.
            En tercer lugar, recuperar las “campanas”. Literalmente es lo que con la conquista de Tierra Santa por parte de Saladino en la derrota de Hattin (1187) que sufrieron los Cruzados, las campanas fueron fundidas o quebradas. Esto era como enmudecer a Dios, quitarle la posibilidad de llamar a su Pueblo, porque la campana en nuestra tradición significa precisamente eso. Más allá del significado propio y literal de ir recuperando las campanas, la Custodia ha velado en todos estos siglos para que Dios pueda seguir siendo escuchado, sea donde sea que Él hable. En este sentido, hay muchos tipos de campanarios, es decir, muchos modos en los que Dios puede seguir diciéndonos tantas cosas a sus hijos: todo lo que a Él le da gloria y a sus hijos nos acerca una bendición. Eso es lo que Dios quiere seguir diciéndonos con palabras verdaderas de gracia, de paz, de justicia, de belleza y de bondad.
            Agradecimos al P. Artemio todo lo que los franciscanos siguen haciendo por esta Tierra de Jesús junto a otras comunidades religiosas e instituciones de Iglesia, y le ofrecimos un importante donativo en nombre de la Diócesis de Oviedo, como complemento de la colecta del Viernes Santo por los Santos Lugares.
            Ya el mismo día de tomar el avión de regreso en Tel-Avil, hicimos una última parada en Emaús-Latrun para celebrar la Eucaristía final. El marco no podía ser más adecuado. Las ruinas que recordaban la iglesia de la época de los Cruzados en ese lugar, nos permitió celebrar la Santa Misa con el relato de lo que el Evangelio de San Lucas nos refiere de aquellos dos discípulos frustrados que regresan a Emaús ante el “fracaso” de Jesús con su muerte en la cruz. “¿De qué veníais hablando por el camino?”. Esta fue la pregunta como auténtica provocación que Jesús les planteó. Y entonces les fue explicando las Escrituras que no habían entendido, los hechos y palabras que no sabían comprender. Ellos quedaron conmovidos, sus ojos se les abrieron, y sus corazones comenzaron a arder. “Quédate junto a nosotros, que el día está ya de caída”, le dijeron, y Él desapareció. Era toda una parábola de nuestra peregrinación. También nosotros veníamos hablando de nuestras cosas por el camino de la vida: ilusiones, frustraciones, los fantasmas de nuestras preocupaciones, o la realidad terca de nuestros sufrimientos reales… todo eso que nos dilata la mirada con esperanza o lo que nos acorrala fatalmente con su impostura. Y podía sucedernos que también nosotros experimentásemos una especie de desencanto o indiferencia ante la aparente ausencia o silencio de Dios. De hecho, en nuestro camino cotidiano que interrumpimos al iniciar esta peregrinación se dan todos esos registros: lo más hermoso y gratificante, lo más duro y preocupante.
            Pero con este bagaje claroscuro, con este sinfín de agridulces realidades, llegamos a la Tierra de Jesús y pudimos seguir sus huellas, escuchar in situ su Evangelio, y contemplar desde los dos mil años de tradición cristiana cómo el Señor no es una quimera fantasiosa, ni su mensaje algo lejano e irreal. También a nosotros se nos abrieron los ojos y se nos encendió el corazón. Y volvemos a nuestra realidad, esa que nos esperaba sin tregua. Tal vez la realidad no ha cambiado, pero acaso nosotros la vemos diferente, porque los que han cambiado son nuestros ojos y el nuestro pálpito del corazón.
            Tierra Santa… Tierra Santa… también es el terruño en donde a diario nuestra vida se despierta, se enfada, se enamora, se ilusiona. Por esta tierra pasa cotidianamente el Señor, poniéndose discretamente a nuestro lado para cambiarnos la mirada y para encender el corazón.

+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo
 Jerusalén, 14 julio de 2012
Mons. Sanz habla a los peregrinos, en la última Eucaristía

"Quédate junto a nosotros..."

Eucaristía final