viernes, 13 de julio de 2012

Vía Dolorosa, calle de la esperanza


Un momento del viacrucis
 
           Eran algo más de las nueve de la mañana. Las calles hervían ya de tráfico y trajín, y tuvimos que ir sorteando todo tipo de obstáculos en aquellas callejuelas estrechas por el barrio musulmán tras la Puerta de los Leones. Íbamos al Calvario, para hacer en plena calle un viacrucis cristiano. Digo bien, cristiano, porque hasta en esto se puede dar la presunción y petulancia piadosas. Lo recordé a propósito de una experiencia personal cuando vine por primera vez a Tierra Santa. Estábamos ansiosos por saber qué calle era la famosa Vía Dolorosa, aquella que recorrió Jesús un viernes cualquiera hace dos mil años, cargando una cruz totalmente ajena por causa de unos pecados más ajenos aún.
            Así, de pronto unos chavales traían como se traen unos paraguas tras las primeras gotas, cruces de varios tamaños, manoseadas por la frivolidad turística que consume lo que sea. Se ofrecían a un precio de alquiler totalmente módico: Padre, un dólar, un dólar nada más, no se prive. Alquilar una cruz para hacer el viacrucis con semejante trofeo, esta era la tentación. He pensado en esa escena muchas veces después. Porque hay otro viacrucis que no tiene por domicilio Jerusalén, sino donde cada uno habita. La cruz que se nos carga en los hombros no es de madera, sino la que nos toca abrazar. Esa cruz cotidiana no se alquila ni por un dólar ni por más: resulta escandalosamente gratuita aunque paguemos tan alto precio.
            Quizás en la Vía Dolorosa de Jerusalén sea obligado rechazar una cruz burlesca de madera con alquiler de quita y pon. Pero en el viacrucis de la vida la cruz es tan propia, que tiene el nombre, la edad y el domicilio de cada cual.
            Nosotros en esta ocasión fuimos presididos por una cruz de madera desnuda, que los peregrinos se iban turnando verdaderamente conmovidos como cirineos improvisados y agradecidos. No obstante, el crucificado soy yo, y es Cristo quien me sale al encuentro. La verdadera cruz no es de madera vacía, sino que constituyen las pruebas que me ponen a prueba en la vida. Una cruz joven en nuestra mocedad; una cruz adulta cuando nos hacemos grandes; una cruz anciana al llegar la senectud. Para cada tramo hay un viacrucis en el que se pone a prueba mi confianza en Dios o mi resistencia a su gracia.
            Pero los diversos personajes que iban apareciendo, eran vivo retrato de mi temperatura humana y espiritual. Condenas de tribunales indignos, falsarios que se aprestan a dar falso testimonio por un perjurio subvencionado, gente que con indiferencia ve pasar a su redentor sin despeinarse el fijador de sus vanidades, mujeres  llorosas que rompen en llanto por la conmoción presentida; soldados que ponen orden en aquel concierto desconcertado; cireneos que se prestan a llevar una cruz aliviando al  en breve crucificado. Es la escena de nuestra propia vida, con todo lo que tiene de luz y de profunda oscuridad, que se encuentra y se mide con el mismo Cristo en la Vía Dolorosa que juntos compartimos.
            Tras la condena, el escarmiento ejemplar público. Para que todos se enteren que no se puede ir por la vida como fue Jesús: tratando a Dios como Hijo, a los pecadores con Misericordia, a los niños, a las mujeres... con ojos limpios y corazón puro. No, no bastaba condenar a Jesús: había que restregarlo al pueblo durante aquella primera procesión de la semana santa primera.
     Este escarnio, Jesús, era una cruz que no te perteneció jamás; la que hacía pesada y oscura la vida de los hombres; la que se agolpaba en todos los absurdos, todos los sin-sentidos, todos los horrores y todos los errores. Lejos de afrontar nuestro propio veneno, lo cargamos sobre Ti. La cruz de mis pecados y falsedades, la cruz de mis manías y endurecimientos, la cruz de mis resentimientos e intolerancias, la cruz de mis desdichas e infelicidades... ¿sobre qué hombros la cargo? ¿a quién exhibo en mi vía dolorosa? ¿quién paga mis cuentas y mis platos? Más adelante Jesús tomará de nuevo esa cruz, y se dejará clavar en ella como quien abraza la muerte para hacerla resucitar.
            Dios ha sido el primer cirineo de nuestras cruces. Tantas veces Él ha salido a nuestro encuentro, sin más empujón romano que el empuje del amor. Cruces grandes y chiquitas, cruces notorias o inconfesables, cruces pasajeras o persistentes. Para cada una tenía unos brazos preparados Dios. No notamos su mano amiga, casi invisible de discreta que es. Pero está ahí sosteniéndonos en vilo en los hilos de la vida. Cuando todos se han ido y nosotros mismos hemos dicho el último y fatal ¡no!, Cristo sigue todavía esperando, ofreciéndonos su consuelo, su gracia y su perdón.
            Nosotros seguiremos tal vez perplejos, asustados y fugitivos, como los discípulos; o acaso llorosos y desconsolados, como la Magdalena. Siempre así, cuando la muerte, en cualquiera de sus formas, nos acorrala y amenaza. Pero no es la hora del llanto, ni del pánico, ni de la fuga. Jesús resucitará al tercer día, y llenará de sentido todo abandono y toda muerte, haciéndolos encuentro y vida.
            Cristo, grano de trigo en la tierra dura y oscura, en el sepulcro de todos los vacíos, resucitará. Y la creación y la historia serán testigos de que aquél sepulcro quedará vacante para siempre. Porque la muerte que en él fue sepultada ha sido vencida, ha sido muerta y en Jesús la vida ha sido resucitada.

+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo
El viacrucis, por la Vía Dolorosa

Otro momento del viacrucis

La cruz se iba turnando entre los peregrinos

Monseñor Jesús Sanz venera la roca del Calvario

Raquel y Jesús, dos peregrinos, veneran la losa del embalsamamiento del Señor

En la cisterna de la prisión del Señor

En el Muro de las Lamentaciones

Monseñor Jesús Sanz, en el Muro de las Lamentaciones






1 comentario:

  1. ¡Que enriqucedora experiencia Monseñor!muchas gracias por compartirla,realmente tuve suerte de encontrarme con su blog y estoy fascinada de leerlo,si DIOS lo permite en septiembre iré para Tierra Santa y esto me dá ánimo para realizar este viaje.Reciba un cariñoso saludo desde Guadalajara México y saludos a toda la peregrinación,Margarita María Alvarez Mendoza.

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