miércoles, 10 de julio de 2013

Del Tabor a Jericó: el don de una mirada


"Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano". Leyendo el pasaje de la resurrección
de Lázaro en Betania


Subimos al Monte Tabor. Era a primera hora de la mañana cuando fuimos dejando atrás la Galilea y sus dulzuras apostólicas. La primera parada fue esa pequeña cima. La escena era por todos conocida, pero el escenario que desde allí se otea, pone un contexto delicioso para entender lo queaconteció. El Monte Tabor no tiene una especial altura con sus escasos 600 metros de altitud. No obstante destaca en la latitud que lo circunda porque se eleva como un reclamo su altozano. Jesús quiso subir a su cumbre siendo acompañado por Pedro, Santiago y Juan. El cansancio, un pasajero mal de altura en quien estaba acostumbrado sólo a la brega del mar, o sea lo que fuere, el hecho es que Pedro y sus compañeros estaban como alucinados.
Jesús se transfiguró delante de ellos; cobró un brillo especial, transparentado, como si se hubieran puesto al trasluz su humanidad de Dios. Y el Padre eterno volverá a recordar lo que ya dijo cuando su Hijo comenzó con el bautismo en el Jordán su ministerio público como Mesías: que Jesús es el Hijo bienamado de su Padre Dios, que hemos de escuchar su Palabra. Pero aquellos discípulos se caían de temor y de sueño. Nosotros, peregrinos en ese monte bendito, nos encontramos por doquier con esa experiencia ambivalente de la cruz y la transfiguración: momentos gloriosos y resplandecientes de luz que nos gustaría detener como Pedro hizo, y momentos también duros y difíciles que nos gustaría borrar y de los que escaparnos aunque sea durmiéndonos como aquellos tres. Andamos también nosotros como aquellos tres discípulos: sin entender y asustados. Se nos impone ver cada día una realidad tan tejida de dolor (guerra, violencia, injusticia, corrupción, soledad, crisis, sufrimiento...) que nos gustaría también escaparnos aunque fuera piadosamente. Pero Dios quiere anticiparnos un reflejo de su Pascua resucitada, cada vez que en medio de esa realidad nos sorprende con retazos de bondad, de justicia, de belleza, de paz, de dicha bienaventurada. Hemos de vivir la realidad sin hundirnos por sus momentos oscuros y sin apropiarnos de los resplandecientes. Y quiera el Señor concedernos ser en nuestro mundo, un pequeño tabor, para que entre tanto desencanto y sufrimiento, puedan atisbarse rayos de luz, anticipos de tranfiguración, de la nueva tierra que Dios quiere para todos sus hijos. Un alto en el camino, para seguir hacia el destino al que personalmente y como Pueblo, se nos ha llamado.
Y también nosotros bajamos del Tabor, sin hacer aspavientos raros, convencidos que debemos seguir caminando nuestra particular subida a Jerusalén. De allí nos fuimos a Jericó. El mismo camino ya nos alertaba que el horizonte se estaba poniendo seco según mirábamos el desierto que comenzaba a ganar terreno por momentos. Pero de pronto apareció Jericó, tal vez la ciudad más antigua del mundo, cruce de caminos de caravanas ilustres y algunos salteadores. Nos dirigimos a la pequeña capilla de un colegio que los franciscanos atienden para niños árabes, dedicada al Buen Pastor.
Allí recordamos dos escenas memorables que acontecieron en el Jericó de hace dos mil años. Se trataba de dos ciegos muy diferentes, que con sus diversas cegueras se encontraron de bruces con Jesús. Él ya era un maestro famoso en toda la comarca. Quizás las mismas caravanas paseaban sus hechos y palabras más todavía que sus mismas mercaderías. De modo que al llegar aquel día Jesús y sus discípulos a Jericó, cundió el alboroto, la curiosidad, qué sé yo qué expectativas. Y en esas andaban cuando un pobre ciego de nacimiento, el bueno de Bartimeo, quiso preguntar a qué se debían los hosannas del griterío y del festejo. Al decirle que era Jesús, el nuevo maestro de Israel, Bartimeo comenzó a gritar como si estuviera poseso… ¿Cómo podía quedarse mudo y quieto un ciego cuando por la puerta de su casa estaba pasando la Luz con mayúsculas? Era la ceguera de quien no había visto jamás las cosas. Bartimeo fue curado, y tirando su manto se levantó para glorificar a Dios. Aquellos ojos cerrados le tenían allí postrado al borde del camino pidiendo limosna. Invidente y mendicante, sin luz y sin hacienda, orillado en el sendero. Debió escuchar más jaleo del usual y preguntando qué pasaba o quién pasaba, le respondieron que era Jesús. Entonces él comenzó a gritar: “Hijo de David, ten compasión de mí”. Debió hacerlo con tanta fuerza e insistencia que llegó a molestar a algunos del cortejo de Jesús.
Bartimeo, que no podía andar a causa de su ceguera física y que le tenía allí postrado y limosnero, tenía más luz interior que bastantes de los que acompañaban al Señor. Un ciego que no puede andar y unos viandantes con ceguera en sus adentros. No se debe censurar el grito de la vida. Es el grito de quien sabe que ha nacido para ver y para andar, y no acepta una resignación imperativa de tener que contentarse con limosnas inmóviles. ¿Quién tuviera los oídos de Dios para escuchar tantos gritos y responderlos adecuadamente?Bartimeo no dejó de gritar, y cada vez más fuerte, como quien dice a su modo urgente e intempestivo que lo suyo no debe perpetuarse, que no ha nacido para eso. La vida amordazada, acorralada, mutilada o censurada... no dejará de gritar y de gritarse. “Jesús, Hijo de David, ten compasión de mi”, es la oración de todos los pobres y sencillos que han querido alguna vez levantarse de sus cegueras y de sus forzosas postraciones. Jesús le curó alabando su fe y Bartimeo se levantó y lo siguió como discípulo. Había encontrado la Luz y abandonó su ceguera; había hallado el Tesoro y dejó de pedir limosna; había encontrado el sentido de la vida, y se puso a caminarlo, abrazado a Aquel que es el Camino.
Pero hubo otro ciego de una ceguera mayor, porque es la que se fragua y enquista en la oscuridad del corazón apagado de la luz para la que fue hecho. Era alguien poco querido en el pueblo de Jericó, tal vez el más odiado del pueblo. Era rico y jefe de publicanos, además de ser bajito de estatura en todos los sentidos. Es posible que la fama del nuevo maestro llegase a sus oídos, y no quiso perderse la entrada de Jesús. Se tuvo que subir a un árbol para ver sin ser visto, pero resulta que Jesús lo descubrió. Y llamándole por su nombre, le dijo que bajase ante el pasmo de todos. Y tuvo el Señor la libertad de autoinvitarse a cenar precisamente con aquel paisano, el aprovechón, el que se hizo rico a costa de abusar y robar a mansalva. Todo el odio acumulado en Jericó hacia aquel hombre, no resultó suficiente para cambiar un milímetro su pecado. Todo lo que se murmuró contra él, toda la envidia, toda la venganza perjurada, tampoco habían conseguido que Zaqueo cambiase de camino.
Pero llegó Jesús, fue a su casa, se sentó a su mesa y le miró. Es posible que nunca antes Zaqueo habría experimentado una mirada tan única, tan gratuita y tan verdadera como la de aquella noche durante la cena. Jesús no le citó en la sinagoga, ni tampoco se fueron al Templo de Jerusalén, ni le pidió un ejemplar de las Tablas de la Ley para repasarle los mandamientos, particularmente algunos más evidentes. Sencillamente, Jesús se aprendió su nombre, se metió en su casa y compartió el mantel, así de simple, como la vida misma. Pero aquel hombre cambió. Y de pronto los ojos de Jesús, su acogida y su palabra hicieron que Zaqueo viese por primera vez lo mezquino de su negocio ladrón, lo injusto de su abuso abusivo. La presencia de Jesús, sólo su presencia, permitió a Zaqueo ver otro horizonte tan distinto al que a diario diseñaba su torpe e inútil ambición, tan cegadora de un corazón entenebrecido.
Dice el Evangelio que repartió cuatro veces más lo que había robado a sus paisanos. De vez en cuando Jesús, se cuela de rondón, y consigue por su Presencia, lo que todas nuestras violencias y maquinaciones son incapaces de mover y de conmover. Hay que bajar del árbol. Jesús también conoce nuestro nombre. Ojalá encuentre la mesa servida y caliente el pan, y cenando con cada uno de nosotros nos cure la ceguera del corazón.


+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo
Jericó, 9 julio de 2013

1 comentario:

  1. >Me reencontré con Jesús en Getsemaní,fui a ver a la Santina a su casa, navegué por el mar de Pedro y Santiago, me volví a reencontrar con mi padre fallecido en el 2013, en el monte Carmelo con la Virgen del Carmen......conocí a Paz y su enfermedad,Tino Bada,Manoli,Julian,Toni,Dulce,Sole,Aida,Jesús Sanz,Charo y su madre Arranz y su mujer, tanta gente buena.........y volví a ver a mi madre feliz, como si hubiéramos vuelto a casa.MABT

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