domingo, 14 de julio de 2013

Última entrada de la Peregrinación a Tierra Santa 2013



Mons. Jesús Sanz bendice, al finalizar la Eucaristía, a los fieles que peregrinaron a Tierra Santa y los objetos religiosos

Lo dijimos cuando empezamos la peregrinación hace una semana: no pongamos precio a estos días, no pasemos facturas interesadas al Señor como pago del gesto de peregrinar a la Tierra Santa de su Hijo. Y proponíamos más bien dejarnos sorprender por Él, siempre rico en recursos. Concluye este puñado de fechas y toca reemprender vuelo a nuestra vida cotidiana.

            Hablábamos de nostalgia por todo lo vivido que tan rápidamente se ha acabado, pero corregíamos diciendo algo distinto: no se trata de la melancolía que nos ata a lo que vino e irremediablemente pasó, porque cuando tratamos de modo inútil e imposible de aferrar el tiempo que fluye y fluye, entonces nos hacemos rehenes de un lugar, de un tiempo que no dependen ya de nosotros ni está en nuestras manos. La nostalgia, por el contrario, puede tener una proyección de presente y de futuro, a la luz de cuanto se nos ha concedido con certeza en el inmediato pasado.

  Hace unos años vi una película en la que se hablaba de la nostalgia. El diálogo entre dos mujeres maltratadas por la prostitución, le llevaba a comentar a una de ellas que no podía tener nostalgia, porque en la vida había sido burlada, abusada, engañada, y que no había nada que fuera digno de ser recordado ante tanta impostura mentirosa y destructiva. Pero la otra añadió algo realmente hermoso. Así decía: «Es rara, ¿no? la nostalgia. Porque tener nostalgia en sí no es malo. Eso es que te han pasado cosas buenas y las echas de menos. Yo, por ejemplo, no tengo nostalgia de nada, porque nunca me ha pasado nada de bueno como para echarlo de menos. ¿Se podrá tener nostalgia de algo que aún no te ha pasado?» [“Princesas” de Fernando León (2005)]. Esta era la pregunta que describe la posibilidad de no vivir del recuerdo, sino de aprender de él mientras encaramos el presente cotidiano y nos abrimos al futuro que está todavía por llegar.

Pero este es el nombre de la esperanza cristiana: tener nostalgia de lo que aún no ha sucedido, pero que Alguien nos ha prometido. Por este motivo, la esperanza cristiana no vive simplemente asomada expectante al futuro que se nos dará, sino que también sabe recordar agradecida el pasado que nos fundamenta, mientras reconoce con pasión el presente en el que el Señor de tantos modos se nos muestra. Porque para nacer de nuevo, es necesario haber nacido alguna vez. ¿Qué esperanza viva nos permite volver a nacer si todavía no hemos alumbrado la palabra y la gracia para la que nacimos? Tenemos una nostalgia buena, de que termine sucediéndonos lo que Dios nos ha prometido. La esperanza cristiana llena de sentido no sólo este final de una peregrinación a la Tierra de Jesús, sino que permite celebrar cada instante henchido de esa conjugación salvífica en sus tres tiempos verbales respecto de la memoria que en estos días hemos hecho del Señor, de María y los Apóstoles: esperamos al que volverá, recordamos al que vino, mientras reconocemos al que entre nosotros está.

Esto es lo que impide que caigamos en cualquier aburrimiento cínico, que es la señal de que por evitar la sana mala conciencia que nos recuerda nuestra conversión pendiente, nos engaña con la falsa resignación. Una vida aburrida es una vida que pacta con el sinsentido para el que no nació y deja de desear, deja de necesitar tener necesidades, deja de preguntarse y de buscar. Sencillamente se resigna aburridamente a un paisaje ajeno a la vocación primera y por eso alienante. Uno de los indicios de decadencia que suele asolar a una generación, es el aburrimiento: quedarse sin fuelle, sin aire y sin nada que soplar. Es entonces cuando se arrastra la vida cada vez con menos garbo, cada día más cansinos en un insoportable ni fu ni fa.

Ya lo decían aquellos jóvenes contestatarios del famoso 1968 cuando en una de las más célebres pintadas en las paredes de la Sorbona de París dejaron escrito para la posteridad: “nos habéis llenado el estómago, pero no nos habéis dado razones para vivir”. Siempre me conmovieron esas palabras tremendas que ponían su dedo acusador sobre aquellos adultos de las guerras frías, de los ten-con-ten, de los enjuagues amañados, de los paripés y la bobería.

La vida tenía escrita en su adentro otra exigencia que gritaba por todos los poros, y que se sentía burlada por algo que de nada servía. Tener el estómago lleno, es decir, tener una distracción que te entretiene y te atonta un rato mientras dura la rifa o la tarifa, es algo triste que te deja cada vez más vacío, hasta robarte la esperanza y la sonrisa.            

Estábamos en Emaús, en ese punto de fuga de dos discípulos que no acertaron a agradecer el pasado que habían vivido inmediatamente con el Maestro, no lograron comprender el presente que les desbarató sus expectativas, y se escapaban hacia un futuro incierto llenos de enfado y de indignación incontenida. Era sugerente poder celebrar en ese lugar, en medio de unas ruinas del monasterio medieval la Eucaristía. Nosotros también nos alejábamos de Jerusalén, pero por otro motivo. No era el desdén, ni tampoco la insidia, ni la frustración más resentida. Nos íbamos de Jerusalén porque Jerusalén está en cada esquina, en donde se nos hace presente el resucitado como ayuda impagable para nuestro testimonio cristiano. La aparición de Jesús resucitado a los dos discípulos de Emaús (Lc 24, 13ss) que escuchamos en el Evangelio, es una preciosa descripción de nuestra espera que se hace esperanza. Ahí está toda esta meditación, con su música y letra, en la aventura de este camino.

            En primer lugar, el escepticismo de una fuga que empujaba a aquellos dos discípulos hacia su casa no encendida, hacia la rutina en la que volver a ser náufragos de sus cosas cotidianas. Es el refugio último (o benévolamente penúltimo) de quien de este modo sigue viviendo aunque se suicida. Es volver a cuanto se puede contar-pesar-medir para no escuchar la indómita espera ni la rebelde nostalgia que reclama el corazón. Así, aquellos dos errantes nómadas, se escapaban a su Emaús habitual. ¿Cómo se llama mi Emaús? ¿Cuál es su escondrijo, su trampa, su impostura, su atractivo?

            Pero adviene la sorpresa en el texto y en la misma vida de algo, de Alguien, que discretamente acontece. No fuerza, no provoca impunemente, no se esconde tras la curva para un asalto bandolero o cobarde. Sencillamente… nos alcanza. Y como quien comparte la fatiga del sudor mientras se anda, saca su mejor pañuelo como piadosa hizo la Verónica, para secarnos el escalofrío de nuestro susto, fuga y desvarío. Como lo sabe hacer el médico divino, lo hace sin puniciones humilladoras, sino con paciencia, con verdad, con el mejor acierto. Decirnos evangélicamente su Verdad… sin encarnizarse restregándonos nuestras mentiras. Y aunque nos diga que somos lentos y torpes, que eso fue lo que les dijo, se fue colando en esa fuga para hablar sin palabras a dos pródigos de la casa del padre, casa verdaderamente encendida.

            Así llegó el milagro sin cita previa, más que la que estaba escrita en el libro de la Vida, por la que de modo gratuito e inmerecido, de pronto reconocen en el viajero del camino a alguien más que un sencillo y fortuito viandante: se trataba de un extraño pero inequívoco amigo. Como se hace con los tales, se abre la casa, se invita a pasar, y a compartir la cena y el afán, porque el día estaba ya de caída. Así fue como se preparó un nuevo comienzo que tenía la traza inconfundible del paso del Señor: dejar en los ojos la luz más clara y el corazón en llamas. No, no lo pudieron remediar: se les fue ese amigo, pero dejó en ellos las cicatrices resucitadas de haber encendido en sus corazones el hogar y de haber puesto en sus ojos el verdadero horizonte.

            Con este trance y con estas trazas, volvieron sus pasos atrás para poder llevar su vida adelante. Regresaron a Jerusalén, buscaron a los hermanos, y les contaron con detalle lo que en el camino les había sucedido. Ellos tenían nostalgia de eso que no había llegado todavía, pero de modo gratuito se les regaló a la hora convenida por la misericordia del Señor. Todo un programa de conversión verdadera, de vuelta a empezar, de poner nombre a la nostalgia y a la espera, y de reconocerla en el rostro del Señor y en su voz cercana, que se nos brindan como compañía vocacional para que podamos llegar al destino.

            Ahora nos aguarda nuestro hogar, nuestra familia, nuestros amigos. Ahí están, tal vez en el mismo sitio, los problemas, los disgustos y los desafíos. Pero nosotros hemos podido comprobar en una historia y en una geografía en la Tierra Santa que pisaron los pies de Jesús, de María y los Apóstoles, que nuestra nostalgia no es una quimera, sino la esperanza cierta de algo que ya ha sucedido, que sucede y que sucederá. El viaje a Tierra Santa sigue por doquier cada día.

 

+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo
Emaús, 13 julio de 2013

 



 

 


 

 

 
 
 

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