domingo, 5 de julio de 2015

Domingo, 5 julio de 2015. Jordán arriba hasta Jordania

Peregrinos asturianos en Gerasa

Abandonamos Galilea, escenario de la vida discreta y casi oculta de Jesús niño, Jesús joven, junto a María y a José, pero escenario sobre todo del Jesús adulto que ahí comienza su vida pública llamando a los discípulos y mostrando con obras y palabras la gloria del Padre Dios y la dignidad del hombre y la mujer en medio de sus búsquedas, sus contradicciones y la bondad que anida en el corazón humano.
            Fuimos bordeando el Lago o Mar de Tiberíades hasta llegar al río Jordán para alcanzar una de las fronteras entre Israel y Jordania y pasar al vecino país. Esas divisiones políticas de nuestros días no tenían entonces el trazado actual. Jesús también actuó en esa parte, más aún, allí comenzó con su propio bautismo de manos de Juan su primo llamado el Bautista, y allí se arrancaron los dos primeros que fueron tras él preguntándole un entrañable: “Maestro, ¿dónde vives?” (Jn 1, 35).


            El calor en estas primeras horas del día ya nos anunciaba lo que luego fue un verdadero sopor por las altas temperaturas que tuvimos que soportar en las horas más álgidas del día. Fuimos subiendo un importante desnivel de más de 1500 mts. desde el punto de partida hasta la primera parada que teníamos que hacer con visita a su lugar. Un autobús destartalado (que luego tuvimos que cambiar por otro de la misma familia destartalada) nos fue llevando despacio por aquellas pendientes enormes con carreteras mal asfaltadas y estrechas, que el guía lugareño nos decía que era para atajar la subida.
            Pasamos por delante de Pella, donde se asentó la primera comunidad cristiana que hubo de salir huyendo de la persecución judía en Jerusalén, y allí a la otra orilla del Jordán situaron su primer emplazamiento. No queda apenas nada de aquel momento, ni siquiera quedan las ruinas, y tan sólo tenemos noticia por los documentos históricos que de ello han hablado. Seguimos subiendo y llegamos a la primera cita, en la ciudad de Gerasa. Nos esperaba todo un mundo antiguo precristiano y cristiano dentro de las excavaciones impresionantes que han sacado a la luz toda una ciudad enterrada que estaba en parte ya derruida por algún terremoto de la época. En cualquier caso es sorprendente cómo en ese cruce de caminos de las grandes rutas de las caravanas comerciales, se levantó esa inmensa ciudad de la que hoy sigue admirando las dimensiones del hipódromo, del teatro (bastante bien conservados ambos) y del templo de la diosa Artemisa.
            Calles enlosadas y embellecidas con fuentes, plazuelas para el descanso y la tertulia del ágora, centros comerciales de intercambio, templos y capillas a dioses variopintos, e iglesias cristianas de aquel primer período hasta bien entrada la época bizantina. En medio de las ruinas de piedras, destacaban lo que quedaba de los mosaicos del suelo de las iglesias cristianas. Para mí fue como meternos en la máquina del tiempo, y viajar a otra época y lugar tratando de escuchar sus voces y hablares, lo que discutían, lo que intercambiaban, cuanto soñaban o temían, aquello más noble y aquello mezquino, lo que creían y esperaban… Todo un mundo antiguo que con sus formas y maneras no es tan distinto al nuestro, y podemos decir sin miedo a equivocarnos que tenemos aquellos y nosotros las mismas preguntas esenciales en nuestro corazón.
            Pasan los años y los siglos, cambian la ropería y la parafernalia, la técnica que nos moderniza y facilita tantas cosas, pero también la pérdida de valores que nos hacen auténticos en nuestra más íntima humanidad personal y social. Pero las preguntas… son las mismas, cómo idéntico es el deseo de ser felices de veras y de no renunciar a esa belleza, bondad y verdad para las que nacimos.
            El paso del tiempo, las inclemencias de la naturaleza, las violencias e intereses bélicos, hizo que aquel rincón antiguo que un día mostró su belleza de armonía en la construcción de una ciudad y en el juego de las relaciones humanas, se mostró caduco y no aguantó lo que quizás se soñó que fuera para siempre y eterno en todos los sentidos, pero que la contemplación de sus ruinas asevera severamente cómo tanta gloria resultó ser tan efímera lamentablemente.
            De allí nos fuimos hasta la otra gran cita en este día tremendamente viajero: llegar hasta el Monte Nebo. Alguna relación tiene este lugar con la reflexión que antes hacía sobre el ocaso de una ciudad, porque en el Monte Nebo aconteció el ocaso de Moisés. Aquí entonó su canto de cisne con una trastienda totalmente conmovedora en aquel anciano que Dios había elegido desde apenas nació para que condujera a la tierra de la libertad a su Pueblo sometido por la esclavitud de Egipto.
Mons. Jesús Sanz, en el Monte Nebo

            Toda una historia providencial en la que Dios se volcó con Moisés salvándole de las aguas, permitiendo que fuera educado en la refinada cultura egipcia, que tuviera mando y ascendencia en la corte del Faraón, y que fue elegido por el mismo Altísimo para conducir a ese Pueblo también elegido por Él, para que saliera de una opresión y gustara la libertad de una tierra que manaba leche y miel. Sin embargo el camino de la liberación resultó ser bien arduo, largo y cansino. Son los proverbiales cuarenta años de éxodo a través de un implacable desierto en el que se dio absolutamente de todo: desde la alianza de Dios con ellos dándoles un código moral para entender la vida en el respeto del Señor con los célebres Diez Mandamientos, hasta la protesta y la blasfemia que se escenificó en la adoración del becerro de oro como falso dios.
            La promesa del principio, esa que alentó la marcha peregrina de aquel pueblo, era que volverían a la tierra que se les prometió, que podrían gozar de aquel vergel perdido por los devaneos infieles de tantas generaciones de hebreos. Y tras cuatro décadas de andar perdidos, derrotados, asaltados, tentados y hundidos, finalmente en lontananza se dibuja en filigrana esa tierra de la que con tanta fatiga se supieron siempre peregrinos. Pero es aquí donde viene el sobresalto. Porque el Monte Nebo no es el lugar aduadanero por el que aquel pueblo con su caudillo entran cantando himnos de victoria y de consuelo para poner el pie en la promesa cumplida. Más bien el Monte Nebo es el lugar en el que Dios mostrará a Moisés la tierra, dejará que se asomen sus ojos ancianos, pero a continuación le dirá: tus pies no la pisarán jamás.
Eucaristía en el Monte Nebo

            Es duro, al menos en apariencia, semejante desenlace que más bien parece una desproporcionada reprimenda por parte de Dios hacia quien Él había escogido para que en su nombre acompañara a su pueblo. Como dicen los tres últimos capítulos del libro del Deuteronomio (32-34), en los que dramáticamente se describe la muerte de Moisés, este anciano servidor de Dios murió por obediencia, murió en soledad, y murió en el dolor de pensar que su vida más íntima y personal había sido baldía. Toda una lección de lo que supone vivir en las manos de la divina providencia o ser tú mismo la medida de tu destino. Aparentemente, Moisés fue un fracasado final. Pero eso sólo es una apariencia. Hay que ir a ese otro monte en el que estuvimos en el día de ayer, el Monte Tabor, para ver a Moisés junto a Jesús y a Elías. La tierra que él pisó y la compañía de la que eternamente goza, es esa gloria bendita que como cielo sin ocaso se le abrió a él antes que al resto de su pueblo. Porque la verdadera tierra prometida no son unas piedras, un territorio o unas fronteras, sino Dios mismo que es de quien nuestro corazón tiene la más infinita nostalgia.
            En nuestra vida humana y cristiana, se dan unos años para que pongamos en juego los talentos que se nos han dado. Ahí nos imaginamos construyendo un mundo nuevo o, al menos, intentándolo. Ahí ponemos en valor nuestros más nobles sentimientos dejando que corra lo mejor de nuestra propia humanidad. Ahí nos unimos a quienes amamos de veras entretejiendo con ellos lo más hermoso y sincero de nuestro afecto. Pero realmente ¿nuestra vida se explica y se entiende desde la conquista de estos nobles horizontes como son el honesto quehacer profesional, el digno despliegue de nuestros sentimientos más nobles o, más aún, la delicada entrega llena de ternura y afecto a quienes hemos querido de veras? Tenemos que decir que no, que no es así aunque sean ciertas todas estas cosas que forman parte de nuestra biografía con su tiempo y su lugar. La verdadera nostalgia que palpita en nuestro corazón, es llegar a ese Dios que nos atrae y nos llama de mil modos; llegar a esa tierra que para siempre y desde siempre Él ha querido prepararnos; llegar al cielo en el que sin ansias ya ni ansiedad ninguna, viviremos felices con el Señor para siempre junto a los que Él ama y nos dio como compañía en el éxodo de nuestra travesía humana.
            De esto nos da una preciosa lección Moisés, san Moisés. Como explicaba bellamente santo Tomás de Aquino, “la tristeza más auténtica es la nostalgia de un bien ausente”. El bien por antonomasia del que tenemos infinita nostalgia es Dios mismo, como lo tuvo Moisés. Y en Él tenemos nostalgia de todo lo hermoso y verdadero que aquí en nuestra tierra hemos vivido, particularmente nuestro relación con las personas que el Señor nos puso al lado como compañía para nuestro destino.
            Celebramos la misa del domingo en una capillita que nos dejaron los franciscanos que custodian y mantienen ese emblemático lugar. Dimos gracias también por san Moisés, santo al que ahora tenemos una especial devoción por su testimonio de santidad humildemente humana. Y tras asomarnos al escenario espectacular desde el balcón que sobre el Mar Muerto y el inmenso desierto de Judá, veíamos en la lejanía y entre la bruma de un excesivo calor, los vergeles que contemplaron los ojos de Moisés, vergeles que eran sólo anticipo del verdadero paraíso que desde allí mismo él disfrutó.




+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm

Arzobispo de Oviedo

1 comentario:

  1. De este compartir, me quedo con la reflexión sobre Moisés. Parece a veces que Dios no "recompensa" nuestro esfuerzo, porque pensamos y sentimos desde una perspectiva demasiado humana. Espero que haya sido esta jornada, una más, un verdadero encuentro con el Dios que da sentido a todo lo que somos y hacemos. Patricia. Gijón

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